Ejercicio de traducción: España, un relato de grandeza y odio


Hay hechos objetivos básicos que, por lo general, pueden brindar algunas explicaciones históricas. Tanto por la situación geográfica de la Península, plantada en el “vértice” oeste de los alisios, como por posicionamiento cultural, científico (la intensa presencia de comerciantes, marinos y geógrafos italianos en Lisboa, Cádiz y Sevilla) y técnico (experiencia marinera en el Atlántico de vascos, portugueses y andaluces), Portugal y España estaban colocadas, desde mediados del siglo XV, en un lugar privilegiado. En este punto tiene razón Noah Harari: en la expansión occidental, “la conquista del conocimiento” procede de la exploración y conquista de lo desconocido. Los periplos ibéricos legendarios no solo fueron avances para la ingeniería naval, demostrando la exitosa adaptación de la carabela a condiciones atmosféricas difíciles, propias de la navegación en el Atlántico.

     Así, desde fines de la década de los cuatrocientos ochenta, en que Bartolomeu Dies dobla el cabo de Buena Esperanza, portugueses y castellanos fueron desarrollando un método adecuado para la navegación de altura en el Atlántico. Fueron capaces de determinar la latitud en alta mar por la observación de un cuerpo celeste, manejando el cuadrante y adaptando el astrolabio terrestre a la navegación en mar abierto. 

Esto implicaba una nueva cartografía con meridianos graduados e indicación de latitudes, basadas en cartas portulanas, especialmente producidas por la escuela catalano-mallorquina. En ese sentido, la introducción de la escala de latitudes en las cartas náuticas, “fue, desde el punto de vista de la cartografía científica, el acontecimiento más importante de la primera mitad del siglo XVI”, y así hasta la medición de la longitud casi tres siglos más tarde.